La Educación Prohibida: innecesario ataque a la escuela pública

La Educación Prohibida: innecesario ataque a la escuela pública

un debate abierto


Publicado en Nexo: Blog de política educativa, el viernes 17 de agosto de 2012

El reciente estreno del documental “La educación prohibida” nos ha decepcionado. El medio millón de vistas en internet de los dos primeros días nos ha preocupado.

La película se supone una defensa de las experiencias alternativas en educación, pero en realidad sólo se corresponde con un paradigma educativo: el espontaneismo pedagógico. Todos los relatos, sumamente repetitivos, se centran en la misma concepción pedagógica, expresada en una decena de educadores de distintos países de habla hispana entrevistados.

El paradigma espontaneista tiene una larga y rica historia, pero tiene muchas limitaciones ampliamente discutidas en la arena pedagógica. Supone que todo nace del niño, que no debe haber institución o autoridad que corte su libertad, que sólo hace falta regar su creatividad ilimitada.

Al redundar en este paradigma, la película pierde la oportunidad de resaltar muchas otras ideas pedagógicas alternativas. Las expresiones de la educación popular, y sus diversas ramificaciones en la pedagogía social o en la educación de gestión social, son especialmente ignoradas, así como otras expresiones pedagógicas que sólo aparecen nombradas, pero cuyos desarrollos son suprimidos por una versión lineal y simplificada del espontaneismo.

Todo esto no es motivo de crítica. Hacer un documental con esta visión es fascinante y en todo caso uno puede estar más cerca o más lejos, disfrutarlo más o menos, aprender nuevas lecciones y discutir otras. El gran problema de “La educación prohibida” es su ataque a la escuela pública. La caracterización de la escuela pública como autoritaria, industrial, disciplinaria y embrutecedora es un alegato que parece sacado directamente de la película “The Wall”, que era propia de la escuela de hace 50 años atrás.

“La educación prohibida” no sólo no reconoce las inmensas transformaciones que vivió la escuela pública en nuestros países, abriéndose, democratizándose y generando diversos espacios de aprendizaje, sino que la ofende, la degrada. Sus ataques decididos sobre la escuela y los docentes “tradicionales” no dejan de redundar en cierta consonancia con los ideales libertarios anti-estado. Incluso se alude a la educación en el hogar como solución frente a la escuela pública.

La ridiculización de la política educativa que realiza la película también es sugerente. El Estado aparece como una mera máquina que no sabe hacer nada. Todas las soluciones parecen estar fuera del Estado, fuera de lo público, en lo individual, en los fragmentos.

La película desconoce las intensas discusiones de sociología de la educación, que muestran el rol complejo y muchas veces contradictorio de la escuela pública. Sí, por un lado, la escuela reproduce desigualdades, lo hace con sus pedagogías, con sus sistemas de acceso y selección –lo hemos estudiado y publicado en varios trabajos (aquí yaquí). Pero también está claro que quienes asisten a la escuela tienen muchas más oportunidades de desarrollo que quienes no lo hacen. Está ampliamente demostrado que un año más de escolarización (especialmente para los jóvenes) es la mejor inversión social en la infancia que pueda hacerse.

La escuela es una institución que salva y dignifica vidas. Favorece facultades cognitivas, estimula el pensamiento, la palabra frente a la violencia, la construcción de saberes compartidos que promueven la democracia, entre muchas otras cuestiones. Con innumerables problemas, limitaciones y contradicciones, la escuela es un espacio a mejorar y proteger, no a eliminar.

Desconocer los inmensos beneficios sociales e individuales de la escuela es peligroso. Puede invitar a la desescolarización. Cuando millares de educadores están preocupados por evitar la deserción escolar, especialmente en el nivel secundario, “La educación prohibida” poco menos que la alienta.

Esto no quita que valoremos las experiencias educativas alternativas. Las hemos estudiado, defendido y aplaudido en eventos públicos de diversa naturaleza en nuestro país. Queremos esa misma pasión e innovación en todas las escuelas públicas. Incluso, muchas de las mejores experiencias educativas han venido de allí mismo, como el caso de las hermanas Cossettini.

Pero también sabemos que para lograr mayor innovación son necesarias políticas educativas sólidas, serias, que conozcan comparativamente los efectos de distintos modelos de intervención. Es clave contar con políticas transformadoras de formación, reclutamiento y carrera docente, para lograr mayores espacios de experimentación bien conducida, responsable y sustentable. Las escuelas “libres” no surgen de la nada, salvo que se piense en ellas como salidas para unos pocos.

Si queremos respuestas educativas para las masas, para millones de alumnos, “La educación prohibida” no nos ofrece más que la humillación a los centenares de miles de docentes que están hoy en las aulas. Creemos, en cambio, que hay que confiar en ellos, apoyarse en las escuelas públicas como espacios de lo común, donde se construye la identidad compartida de los sujetos.

Lo que propone “La educación prohibida” es una exaltación del aislacionismo, que es otra versión del “sálvese quien pueda”. Reduce al Estado y, al hacerlo, desconoce cómo se construyen y defienden los derechos sociales, cuyo garante central es el Estado.

Aplaudimos la educación alternativa, las expresiones diversas, pero no a costa de denigrar a la escuela pública. Creemos mucho más en los movimientos convergentes, en la educación alternativa que toma la mano de la escuela pública y camina en conjunto.

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